
Lo abrasivo alisa y en vueltas se va una vida. Y si nos exigen nos plegamos, como barriletes al viento. Amasando piedras con las piernas y saqueando alfeizares de palacettes vejetes construímos rumbos que dudosamente tengan un fin, por poco y por aburrido que alcanzar alguno fuése.
Degustando de dorapa viscisitudes microscópicas, al paso de un festín penoso, ignoramos lo retribuíble de la situación, como quién rechaza el plato odiado en casa de amigo, pensando en manjares majestuosos. Sin éste acto, tal vez, lo inalcanzable llegaría a la mano del Hombre, pero deslúcida quedaría la vida del troglodita retrasado. Pero difícil pensarlo con el gorro viejo puesto.
Y si un día viene Genghis Khan, por la mañana, y dice que todo ha sido una pesadilla, que vas a tener el arrullo cálido de amor de tus padres: que hoy a tus hijos envuelve, pero que tú no recibiste; que todo ha sido una equivocación, que lo que sumaba para inevitable, se descalabró en una esquina por una baldosa rota o algún pedregullo fuera de sitio.
Y me asusta, que mi vida haya sido soñada y en mi cabeza realizada por algún pibe de barrio, culo al adoquín, botella en mano y palabras sin eses finales.